Eso que buscaba, siempre estuvo dentro...

Efectivamente alguna vez busqué y busqué mucho, fuera de mí, en todos los sitios y personas; despierta y mientras dormía.

Busqué, porque cuando era pequeña, me habían enseñado que debía buscar: los regalos que Papá Noel dejaba en navidad y a los amigos que se ocultaban, cuando jugábamos a las escondidas.

Las cosas que perdían los demás, también debía buscarlas o sugerir ideas sobre lugares posibles donde podrían llegar a estar.

Busqué los caramelos Georgalos en el armario de la abuela Carmen y encontré las revistas Playboy de su esposo, mi abuelo Andrés. Ella nunca iba a poder verlas ni sabría jamás que estaban allí, porque era cieguita. Pero nosotros, su familia, fuimos sus ojos y buscamos por ella, las cosas que siempre nos pidió.

También busqué al sol detrás de las nubes, al grillo que entre las plantas cantaba y al dinero que bajo mi almohada aparecía, cada vez que un ratoncito, se llevaba mis dientes.

En la caja, donde mi mamá guardaba todas las fotos familiares, revolví hasta encontrar los recuerdos de momentos, que yo no había vivido y que al verlos, a mi me hacían tan feliz, como si hubiera estado allí.

Crecí y seguí buscando... el origen de los sonidos que oía: pisadas invisibles que hacían crujir las baldosas flojas del suelo, sillas que se movían solas, puertas de alacenas que se abrían sin la interacción física de nadie.

Busqué respuestas, en los sueños que tenía; y mensajes en todas las miradas, gestos, bocas que se cerraban y en los corazones que cerca de mí latían.

De pronto a la edad de 8 años, me interesó saber lo que mi mamá hablaba por teléfono. Y una noche busqué el doble sentido a las frases que decía, separé entre sílabas, repetí lo que al parecer era con P; y descubrí que estaba conversando con mi tía... en Jeringoso.

¡Fupuepe mupuy dipivepertipidopo!

Crecí buscando, porque era inevitable.

Algunas noches, busqué en el cielo una señal y las nubes dibujaron a un gran hombre que caminaba haci a mí. Y vi caer muchas estrellas fugaces y no sé cuantos ovnis pasaron sobre mi cabeza.

Todo eso vi... y también vi ángeles y espíritus.

Me fascinó el firmamento, por su sencillez y honestidad. El universo desconoce la mentira y se revela limpio y transparente, a los que lo contemplan en silencio y con amor.

A los 23 años, cansada ya de buscar, me enfermé y disfruté de la muerte, durante 2 minutos....

2 minutos, que fueron como 24 horas en la Eternidad. Recuerdo al ángel que me recibió de la mano, cuando salí de mi cuerpo; y el lugar dónde de repente aparecí...

Allí, frente a una pantalla panorámica, observé mi vida pasada y mucho más...

Me enojé, protesté, escuché y comprendí... Luego, me preguntaron si deseaba regresar a la tierra o quedarme con ellos. Elegí volver; y en tres palabras resumieron la "misión" que debo cumplir en esta vida.

Desperté en mi cama, completamente sana; con el corazón, los pulmones y los bronquios: puros y limpios. Una actividad inusual había comenzado a desarrollarse en mi cerebro. De pronto en mi memoria, habían más recuerdos e información, sobre cosas que jamás había visto, ni estudiado, ni escuchado, ni leído antes.

Ahora sabía que todo había estado siempre dentro de mí... y que por buscar tanto afuera, había descuidado lo que llevaba adentro desde el día en que nací...

A mis cuarenta y un años, he decidido hacer pública esta mínima parte de mi historia, para que algunos comprendan, por qué soy como soy y para qué hago lo que hago.

Desde que retorné aquel día del cielo, me encuentro dedicada a la tarea de difundir, promover, motivar y acompañar; a través de mi voz, la música, la palabra y el arte en general; a las almas creadoras que desean compartir sus dones con toda la humanidad.

¡Paz, Amor, Alegría y Gratitud!

Sinda Miranda

   
 
 

 

 

 
     
La vida es simple, Sinda Miranda
Cuando estás conmigo, Sinda Miranda
Nadie y el gris eterno de tu sombra, Sinda Miranda

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